En el restaurante Dawson y Stevens Classic '50s Diner, los taburetes de la fuente de soda giran, los sándwiches tienen nombres como "Splish Splash" y "T-Bird Classic", y los clientes se pueden deleitar con canciones de Elvis y Chubby Checker. Pero es la exhibición de artículos de Coca-Cola, que cubre desde el piso hasta techo, lo que realmente ha colocado a este restaurante -ubicado en Grayling, Michigan-, en el mapa mundial y ha llamado la atención de admiradores de lugares tan lejanos como Japón y Kenia.

Conocida como Bottle Cap Museum, la colección comprende más de 12 mil artículos de Coca-Cola, desde bandejas, rótulos y juguetes, hasta bicicletas especialmente fabricadas y un camión repartidor de Coca-Cola de tamaño real, que data de 1950. Hay jarras de jarabe, tableros de dardos, muñecas antiguas, relojes, monedas y una máquina expendedora, que alguna vez entregó Coca-Colas bien frías por 10 centavos. Los estantes están llenos con cuatro mil botellas de vidrio desde 1890 hasta la actualidad. Estas, se encuentran cuidadosamente acomodadas para reflejar los cambios en el diseño y la forma durante el último siglo.

El museo incluso cuenta con su propia curadora, Marianne McEvoy, quien se asegura de que todos los elementos se mantengan en perfectas condiciones y los rota regularmente para mantener el interés. "Sólo el hecho de parar en la cafetería es una aventura. Las personas entran y dicen 'Oh, mira este lugar ", dice McEvoy. 

The Bottle Cap Museum ha operado en Dawson y Stevens desde inicios del 2000, pero la colección tuvo sus humildes comienzos hace más de medio siglo, a lo largo del río Sturgeon, en el área rural de Michigan. Fue entonces cuando el propietario original, Bill Hicks, pasó su rastrillo sobre algunas botellas de Coca-Cola intactas, mientras limpiaba fuera del pequeño hotel para la práctica de caza y pesca que administraba.

"Uno de mis inquilinos me dijo que podría obtener $ 5 por cada pieza", dijo Hicks. Sin embargo, en lugar de sacar provecho de las botellas, Hicks las conservó. Al poco tiempo, comenzó a incorporar todo tipo de artefactos de Coca-Cola, y reunió una colección auténtica de sombreros, bandejas, joyas y juguetes que lo inspiraron a poner en funcionamiento un pequeño museo en su casa. Cualquier persona que venía recibía un recorrido de una hora y una Coca-Cola de seis onzas. Todas las tapas de las botellas eran lanzadas a una gran botella de plástico de Coca-Cola colocada cerca de la puerta. De ahí el nombre Bottle Cap Museum (Museo de Tapas de Coca-Cola).

Hicks recuerda que regularmente iba a las convenciones de coleccionistas de Coca-Cola en Elizabethtown, Kentucky, y "compraba tantas cosas que no cabían en mi auto." Administró su museo durante una década, durante la cual atrajo a unos 10 mil visitantes por año. Uno de ellos era Bill Gannon, quien recientemente había comprado una farmacia y una fuente de soda en las cercanías de Grayling. Él quiso comprarle a Hicks unas cuantas botellas antiguas de Coca-Cola para exhibirlas en la fuente de soda. Pero éste lo convenció de comprar toda la colección.

"Me dijo que no había construido este museo para venderlo por partes y que si me lo vendía podía bajar al restaurante para verlo cuando quisiera”," dijo Gannon. Luego de un año, el deseo de Hicks se volvió realidad. Dawson y Stevens volvió a abrir después de las restauraciones que lo transformaron en un restaurante al estilo de los 50, con taburetes giratorios de cromo y un menú de hamburguesas, panqueques, bebidas carbonatadas y helados, todos con recetas caseras. Ubicado en el centro de Grayling, es visitado por escolares, autobuses turísticos, los soldados de la Guardia Nacional (en la ciudad se encuentra el campo de entrenamiento de la Guardia Nacional más grande de Estados Unidos), y vecinos fieles, como Carol y Lacey Stephan, quienes se comprometieron mientras almorzaban en una de las cabinas hace más de 50 años. Ahora esta pareja de jubilados lleva a sus nietos al renovado restaurante o "solamente venimos, nos tomamos una bebida y hacemos visita con todas las chicas," dice Carol. Sus piezas de museo favoritas son dos bicicletas rojas que se encuentran suspendidas del cielorraso, cerca del frente del local.

La colección de Coca-Cola ayudó a inspirar el ambiente hogareño que predomina en el restaurante. "Fue el museo el que dictó lo que hicimos con el lugar desde el principio. Coca-Cola ha ayudado a crear ese ambiente", explica Gannon.

Ahora es él quien recorre internet y los mercados de pulgas buscando artículos de Coca-Cola únicos y atractivos para añadir a la colección. Uno de sus artículos de primera es un camión de carga con plataforma de los 50, que había sido abandonado en el bosque en el área rural de Minnesota. Gannon lo envió por barco a través del Lago Michigan, lo pintó de color amarillo brillante, y ahora lo estaciona en frente del restaurante en ocasiones especiales. Otro de sus favoritos proviene de la colección original: un go-kart Indy de tamaño real, en colores rojo y blanco, con decoración de Coca-Cola a un costado. La sobrina de Hicks lo ganó hace años en un sorteo de un dólar, y se encuentra en exhibición permanente sobre un pequeño escenario en el restaurante. "Lo veo cada vez que entro al restaurante, y siempre me provoca una sonrisa".

Por su parte, Bill Hicks, todavía pasa de vez en cuando a cenar para ver su valiosa colección y compartir historias con cualquiera que esté interesado. Como aquella en la que compró una pelota de fútbol hecha totalmente con tapas de botellas de Coca-Cola, en una transacción de madrugada durante su primera convención de coleccionistas. O el tiempo en que prestó uno de sus artículos más preciados-una gorra de béisbol de 1930- al conductor de un camión repartidor para añadir un poco de alegría a su ruta diaria de entregas. "Nos hemos divertido mucho. Ha sido simplemente algo hermoso."