Todos los endulzantes no calóricos que se emplean actualmente se crean de manera diferente. La Sucralosa, por ejemplo, se forma a partir de un proceso científico que parte de la sacarosa (azúcar de mesa), mientras que el aspartame se elabora a partir de dos aminoácidos (ácido aspártico y fenilalanina) que aparecen de forma natural en alimentos como la carne, cereales, lácteos y la fruta.

En el caso del Acesulfame K, la “receta” para su elaboración se devela en su nombre. La K hace referencia al símbolo del potasio en la tabla periódica, elemento que se expresa con esa letra por su nombre en latín: Kalium. Así, este endulzante se forma a partir de un proceso que combina el ácido acetoacético y el potasio, un mineral presente naturalmente en hortalizas (brócoli, remolacha, berenjena y coliflor) y frutas (bananas, palta, albaricoque, melocotón, durazno y ciruela).

Descubierto en 1967, el uso del Acesulfame K está respaldado por más de 90 estudios que avalan su seguridad para consumo humano. Su utilización está aprobada por prestigiosos organismos internacionales,  como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, el Comité Mixto FAO/OMS de Expertos en Aditivos Alimentarios  y la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos. Entre los miles de productos que utilizan Acesulfame K en sus fórmulas se encuentran bebidas sin alcohol, chicles, caramelos, dulces, postres, helados, yogures y aderezos.  

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