Los oficios artesanales cobran vigencia en un mundo donde la economía circular marca tendencia como nuevo modelo de negocio. Reutilizar es la consigna para alargar el tiempo de vida de prendas y calzados, y así generar menos residuos.

Bajo el sol de las dos de la tarde sobre sus cabezas, María Janeth Antelo y sus dos hijas, Elia y Alejandra, arreglan calzados en un puesto móvil cercano al mercado 4 de Noviembre, al oeste de Santa Cruz. Desde hace 13 años María, de 39 años y mamá de cuatro hijos, llega puntual cada mañana a su pequeña carpa azul para remendar, coser y lustrar. Con esmero, paciencia y mucho oficio logra dar una nueva oportunidad a zapatos que sus dueños creían prontos para desechar. Ella es sumamente detallista a la hora de hacer su trabajo, lo que le ha valido la confianza de sus clientes.

“Los zapatos tienen muchas vidas. Algunas personas los tiran a los contenedores y no se dan cuenta de que pueden salvarlos. Con mis hijas a veces buscamos en la basura, los reparamos y vendemos o regalamos a quien los necesite”, cuenta esta artesana del calzado.

En tiempos de consumo masivo, cuando todo parece ser descartable, los oficios artesanales cobran vigencia y se acompañan los nuevos modelos de negocio que promueven la economía circular. Reparar calzados y arreglar ropa permiten alargar la vida útil de prendas y calzados, reducir el volumen de desechos y mitigar el impacto en el medio ambiente. En Santa Cruz trabajan más de 150 reparadores de calzados, quienes desarrollan su tarea de sol a sol en mercados barriales o de forma ambulante.


 

Milton Salgueiro es otro artesano que conoce bien el arte de devolver la vida a zapatos con varios años de uso. Heredó el oficio de su padre y la experiencia le permitió notar un reciente cambio de actitud en sus clientes a la hora de cuidar el calzado. Milton tiene un pequeño negocio llamado América, frente al Mercado Nuevo, donde arregla una media de 30 calzados por día. Además, hace plantillas y repara bolsos y mochilas en mal estado. “Hay zapatos que son finos y duran años. La mayoría de mis clientes tienen zapatos buenos y los traen a reparar varias veces porque su material es resistente. Es mejor invertir un poco más que comprar zapatos baratos que no duran nada”, explica mientras muestra un zapato de calidad que pertenece a uno de sus clientes, una celebridad boliviana del fútbol.

En otro punto de la ciudad, en el Mercado Florida, Fernando Averanga lleva 53 años reparando zapatos. A sus 70 años no solo sabe arreglarlos, sino que aprendió a fabricarlos. Solo le bastan un par de días para confeccionar unos botines de cuero reforzados para trabajo. “Los zapatos son la prenda más importante que llevamos porque soportan nuestro peso, por lo tanto deben ser cómodos y bien cuidados. Soy perfeccionista, me gusta dejarlos como nuevos”, asegura.

Pero no solo los zapateros participan de esta cadena que agrega valor y da segundas y terceras oportunidad a las prendas; los sastres y costureras también hacen lo suyo. Valentín Huanca tiene 77 años y  hace 40 que trabaja como sastre en un puesto del Mercado Florida. Uno de sus hijos, Omar, lo acompaña por las tardes en el negocio familiar. “Un día nos trajeron un traje de varón que tenía 20 años de antigüedad y estaba perfectamente conservado, solo había que meterle un poquito. Lo clásico nunca pasa de moda”, dice, sonriendo, orgulloso de que por su puesto hayan pasado los trajes de ilustres personalidades de la sociedad cruceña. 

Estos nobles oficios que existen desde siempre como una forma de alargar la vida de las prendas, ahora amplían su misión para, además, cuidar el planeta.