Las manos de Franklin Chávez manejan con una habilidad sorprendente las tijeras con las que recorta una lata de Coca-Cola. De a poco, el envase comienza a transformarse en una lámina que luego se convertirá en un pequeño tractor. Franklin, que tiene 33 años y tres niños, moldea el material desde su taller improvisado en la galería de su casa, ubicada en el barrio Moperita, cerca de la carretera que une a Trinidad con Santa Cruz.

Franklin es operador de máquina en Nudelpa -embotelladora de Coca-Cola en el norte boliviano- y dedica su tiempo libre a su pasión por la artesanía, que descubrió hace un par de años gracias a un tutorial de YouTube. “Tenía mucha curiosidad, quería hacer algo con las latas y busqué en internet. Vi un video y empecé a practicar y practicar”, recuerda emocionado a Journey.

“Al principio me cortaba, ahora ya soy experto. Incluso mido el tiempo y quiero romper mi marca cada vez que hago un camión nuevo”, asegura mientras sonríe con timidez.

Entre los más fáciles de elaborar están los camiones tráiler, volquetas y camionetas, que puede hacer en unas dos horas. El más complejo es el tractor, que le lleva el doble del tiempo porque sus llantas también son elaboradas con latas. 

Para hacer sus artesanías, Franklin usa tapitas plásticas y metálicas para las ruedas y palitos de madera para que giren. Para los faroles delanteros y traseros utiliza los abridores de las latas. La mayoría de los materiales los consigue recolectando latas usadas en su trabajo o en la calle. Lo importante es que las latas no estén dañadas para poder convertirlas en láminas. “Algunas noches también salimos con mi esposa a buscar latas”, añade.

DE BOCA EN BOCA

Franklin hace los camiones a pedido. Sus obras de decoran más de una oficina en Nudelpa y llaman la atención por su perfección. Tiene 15 diferentes modelos y puede combinar los colores de las latas a elección del cliente.

El “boca a boca” le hizo popular entre profesores y padres, cuyos hijos tienen que presentar trabajos prácticos reciclados en sus centros educativos. “Cada año hay ferias medioambientales en los colegios y los padres y profesores me buscan y encargan por docenas”, cuenta orgulloso.

Sus camiones también viajan lejos de su ciudad: en dos años ya vendió más de 300 piezas. Solo a Huacaraje, una población a 340 kilómetros de Trinidad, envió más de 30. Franklin también participa con sus camiones en la Feria Medioambiental del municipio, que organiza la Dirección de Medio Ambiente en coordinación con las unidades educativas de la ciudad.

Sus sueños son grandes: en el futuro quiere producir más camiones y venderlos a otras ciudades cercanas. Incluso desea tener un ayudante a quien pueda enseñarle los secretos del oficio de reciclar latas para convertirlas en arte.